Tuesday, November 15, 2016

Hasta el fin del Sur (2 de 8)

Kagoshimeando con... ¿Rola?

la humilde, barata, cutrilla (y muy entrañable) pensión Little Asia de Kagoshima.
En el anterior capítulo, aterrizamos podríamos decir que atrenamos bueno, en fin, digamos que llegamos de noche a Kagoshima tras un viaje largo largo cruzando la isla de Kyushu de punta a punta ("hasta el fin del sur", por algo le pusimos semejante título a esta última serie de nuestras andanzas japonesas), para caer muertos en los dormitorios colectivos y no mixtos de una pensión cutrilla y barata llamada Little Asia. No supimos nunca si había alguna intención despectiva en el nombre de dicha pensión, o si apuntaba a una clientela internacional mochilera o simplemente china (se ve que si Japón se está volviendo un destino de vacaciones muy popular entre la muy nueva clase media china y sus 100 y pico millones de turistas potenciales, Kyushu siempre lo ha sido…), pero es verdad que era toda una burbujita de Southeast Asia aquí en el sur del país. Aparentemente, Kyushu es algo distinto del resto de Japón, o no es exactamente Japón ya: hasta aquí llegamos para averiguarlo. Para los desconfiados, aquí la pensión!

A la mañana siguiente, fuimos a pasear por Kagoshima y sus alrededores: el centro ciudad con vistas al volcán, el puerto con vistas al volcán, el templo con vistas al volcán y hasta la oficina de turismo con vistas al volcán. Allí ojeamos mapas y brochures turísticos para buscar un poco de inspiración y definir el menú de los siguientes días. Fue cuando - asombrados - le vimos por primera vez; salida de un catálogo de La Redoute y maquillada como un coche robado, aquí estaba, posando ante nuestros ojos incrédulos:


Rola descubriendo Kagoshima, en una de sus poses más naturales y espontáneas.
¡Rola! ¿Rola? ¿Quién rayos eres? Y ¿qué nombre es ese? ¡Aaaah, claro!
¿No será que te haces llamar Lola, pero por el hecho de usar katakana, has acabado con Rola - como este pobre al que le tatuaron "Puerto Rirco" en la espalda?
Rola. En serio, tía...

Seguramente, el primer encuentro ya había tenido lugar el día anterior, en el tren o por algún andén de alguna estación. De inmediato sospechamos que nos estaba pasando con Rola lo que suele pasar con cualquier cosa en la que uno se fija de repente, tras un tiempo de no haberse fijado: a partir de este momento, no para de ver esta cosa por todas partes. Ahora, nos parecía que Rola estaba en todos los sitios a la vez: en los centros comerciales, en la calle, en los buses y sus paradas, en los parques, por las avenidas, en los bares, restaurantes y hasta en todos los convinis... ¿Quién era Rola? ¿Qué quería? ¿Qué hacía por Kagoshima, a parte de posar con vistas al volcán? ¿De dónde había sacado esas mudas tan ralas, sin hablar de este nombre tan ralo? Caminar por la ciudad era como tenerle de amiga en Facebook, o como estar sentados en un sofá en su casa, ojeando sus álbumes de fotos: Rola cenando en un lestaurante bio, Rola en un onsen chic, Rola por un mercado hiptser, Rola sacándose un selfie cool.  No solo nos había marcado ya todo un lecorrido tulístico por la ciudad con un rastlo de instagrams a modo de migas de pan, sino que además nos imponía (a nosotros única y exclusivamente, estaba claro!) un rol de voyeurs que no nos terminaba de rolar. Perdón, de molar. Pero allá donde posábamos la mirada, la Rola Lisa nos seguía con la suya...

tres imágenes excepcionales de Kagoshima en las que NO aparece Rola: el puerto y el volcán, el anochecer sobre un charco y un yate en la hora azul...
A la mañana siguiente, hartos de toparnos con Rola en cada esquina, fuese la de un baño público ("pero ¿por qué nos sigues, tía? ¿no tienes na' mejor que hacer?), pillamos un tren de cercanías hacia Higashi-Kaimon, minúscula estación al pie del Kaimon Dake. Se trataba de otro volcán, este también medio sagrado, medio turístico, medio típico y medio dejado de la mano de Dios, en la falda del cual el mapa inteligente e interactivo de hatinosu nos sugería un área de camping de fácil acceso, equidistante de una playa con onsen (unos 5 km hacia el sur) y de un lago con onsen (unos 5 km hacia el norte).

- no tenemos los derechos para esta foto - we do not own the rights of this picture -
Para llegar allí, tuvimos que resistir a la tentación de bajarnos en Ibusuki, balneario costero famoso por su playa termal donde la gente pagaba un pastón en ¥ (o 円) para hacerse enterrar viva hasta el cuello y disfrutar un rato de la experiencia - cosa que se suponía era agradable y saludable! Habiendo visto la cara de la mismísima Rola a ras de arenas calientes en formato 4x3 en murales de shopping mall, nos fue fácil NO salir del tren y esperar unas paradas más para llegar, solos ya, a nuestro destino un(t)raleved. Tras haber admirado una icónica puesta de sol detrás del Kaimon Dake y haber pateado un barrio residencial medio abandonado en la creciente oscuridad de un anochecer sin luna, llegamos entre arrozales al área de camping donde nos encontramos la recepción cerrada. A tientas, elegimos un sitio llano entre árboles y montamos nuestro chiringuito, incluida nuestra súper tienda que aun estaba por estrenar. Unos fideos instantáneos más tarde, estábamos dentro de los plumas: estrenando la tienda. A la mañana siguiente, nos despertaron las voces cercanas de un grupo de japoneses. Parecían mayores, se movían lentamente y con precaución en torno a la tienda pero, entre sus risas, se escuchaban unos ruidos singulares: golpes secos y agudos como los de… un partido de golf. Subiendo la cremallera de la tienda y arriesgando un ojo hacia fuera,  descubrimos la silueta elegante y simétrica del Kaimon Dake justo detrás de los arbustos de la cerca del "camping" y el grupito de golfistas jubilados que salían ya hacia el décimo agujero de su partido. Imaginen el momento de soledad que nos agarró… En nuestras defensa y descarga, este "camping" resultó ser una especie de huevo Kinder local - su verde y perfecto césped siendo a la vez camping, campo de golf y merendero de fines de semana, según lo que buscaba la clientela. Nunca se había visto semejante adecuación de la oferta y la demanda. Pragmatismo asiático en acción: todos felices y nosotros también.

Icónica puesta de sol en el Kaimon Dake desde el andén ; icónica tienda de campaña un(t)raveling en el "camp-ing de golf".
Abandonando la cómoda seguridad de la tienda, salimos con una mochila, con cuatro cosas y con rumbo al mar. Pagamos el "camping" para tres noches - una de cuales ya habíamos consumido - y rechazamos muy educadamente el ofertón especial para inquilinos: un descuento para el alquiler de material de golf y el pass para jugar ad libitum! Navegando a ojo y rondeando el pie del volcán por el este, llegamos a la playa en una horita de caminata bajo un sol generoso y seguimos hacia el este con la esperanza de llegar a un supuesto cabo con jardín botánico y templo Shinto incluidos. La playa de arena negra y dique de cemento estilo Lego era pintoresca, el agua de una temperatura muy agradable para ser ya principios de noviembre y el cabo, lejano. Tardamos la mitad del día en llegar allí, para descubrir que el jardín botánico era un parque temático bastante hortera alimentado por convoyes de buses de tour operators, y el templo Shinto un mero pretexto para mantener a su alrededor 5 o 6 tiendas de recuerdos sagrados, dientes de tiburón y demás artesanías de mal gusto. Por suerte, el cabo se salvaba por unas inmejorables vistas al océano y la inmensa bahía de Kagoshima, por la presencia serena del Kaimon Dake en el fondo y por un faro muy fotogénico que también se reflejaba - aunque en un charco de estos que deja la marea baja.

la hermosa playa entre el Kaimon Dake y el Cabo-timo ; un auténtico guiri en pleno éxtasis guiríl ; un fotogénico faro en un charco efímero.
También merecía un minuto de atención una estatua de "la tortuga y el pescador", protagonistas de una leyenda local universal y famosa en la que por amor, la tortuga se hacía humana o el pescador vivía en el fondo del mar y cada x tiempos, volvía él o ella a su forma original por la añoranza de su anterior vida. O tal vez uno de los dos se moría de tristeza o a cambio de oro, dejaba su vida y su cuerpo para otro distinto… En fin, no recuerdo bien bien la historia exacta, pero era una leyenda de estas que son todas iguales y siempre lo mismo. Además, sí recuerdo que lo importante era que el amor podía con todo y triunfaba al final, claro*. Y que si tocabas la estatua, vivías feliz para el resto de tu vida, garantizado y jurado por Snoopy (que es casi casi una divinidad en Japón). Entonces, pues claro que tocamos la estatua, al igual que las manadas de turistas que por allí transitaban. Con tanta bendición en mano, emprendimos el camino de vuelta. Y con el sol que bajaba otra vez detrás del Kaimon Dake ya, nos acercamos a la línea de tren que seguimos un rato a una distancia prudente, hasta toparnos con una estación anterior a la nuestra. Y fue allí donde nos la volvimos a encontrar inesperadamente:

cuando resulta que tu estación de tren desierta en el fin del mundo es muy cool...
¿Rola? ¿Aquí? ¿Otra vez?

Pues sí: Rola, rolísima. Aquí, en el andén de la parada de en-medio-de-la-nada, posando con un helado de mango delante del Kaimon Dake y colgando la foto en Twitter para (aparentemente) la máxima felicidad de sus miles de seguidores. ¡Vaya rola rollo! Venir a perderse en este sitio donde Sylvain Durif perdió la charentaise y descubrir que se había vuelto una especie de hype kyushu-esca desde que la tía esa (¿quién rayos era, por cierto?) había paseado por allí su bolso de conjunto con su helado. Solo nos faltaba descubrir que también había jugado al golf donde Wallis plantó la tienda de campaña… Regresamos al camping y mientras preparábamos la cena, decidimos hacer lo necesario para no volvérnosla a cruzar: nos iríamos por el camino más largo y menos transitado. Cogeríamos un bus local a la mañana siguiente para volver a Kagoshima, pasando por el interior de la península de Ibusuki y el lago ese al que nunca fuimos a pie. Parando en cada parada y tardando el día entero, el bus nos dio una buena idea de lo que nos habíamos perdido en el lago ese: un copiar y pegar del Cabo-timo con su parque temático, sus autobuses de tour operators y sus tiendas de artesanías de mal gusto. Al llegar a Kagoshima, no miramos ningún cartel de camino a la pensión Little Asia. Tampoco abrimos ningún folleto turístico. Nos fuimos directo a una habitación doble, donde nos encerramos para repasar las fotos de estos últimos tres días, a ver si la tía se nos había colado en el background de alguna de ellas!

"fais comme l'oiseau, ça vit d'air pur et d'eau fraîche un oiseau, d'un peu de chasse et de pêche, un oiseau…" y nosotros, pues lo mismo: de mochila y tren de cercanías.
Después de esta escapada en guiri-landia y de un merecido día de descanso, con instant noodles y wi-fi gratuito en la pensión, volvimos a empacar todo para hacer como el aguilucho de la foto: emprender el vuelo otra vez, hacia otras frescas y exóticas aventuras. Tuvimos un pensamiento cariñoso por todos estos turistas - fuesen de acá o de allá - cuyo pack de vacaciones incluía la singular experiencia de permanecer un rato enterrados vivos en una playa de arena caliente, en un yukata de alquiler con estampado floral, debajo de una multicolor sombrilla de nylon, cuidadosamente alineados junto a dos o tres docenas de compañeros de desgracia y teniendo, para colmar el vaso, que sonreir para la posteridad (o para darles envidia a los colegas al volver a la oficina). El sueño clasi-mediano o pequeño-burgués de las vacaciones pagadas hecho realidad... ¡Yeiii!


activando la gran fábrica de sueño de la industria turística: ¡sonríen! ¡dientes, dientes!


Ya está bien para hoy.
Besos y abrazos para todos,
W. y F.



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* Me canta Wallis en la oreja que el pescador salvó a la tortuga presa de unas redes y que ella a cambio le invitó a... No no no! Para. Resulta que él no paraba de preguntarle cosas a ella sobre su pasado. - ¿A la tortuga? No, espera. Era algo como lo de Orfeo: había una cosa que él no debía hacer y evidentemente, la hizo y se fue todo al carajo. Lo que sabemos es que al cabo de muchos años (eso sí: la tortuga es universalmente símbolo de eterna longevidad), el pescador volvió a su pueblo y la primera persona que se encontró le habló de una leyenda de un pescador que había desaparecido siglos atrás... Bueno, la típica leyenda que termina con puesta en abismo como la etiqueta de Vache qui rit.

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